TURISMO QUIRÚRGICO

Estábamos en una reunión para despedir a Juan que se iba de viaje, aunque todavía no nos había dicho los motivos reales del mismo. Durante la velada se notó que Juan no especificaba las causas, ocultándolas con su discursito acerca de las materias para cursar que le ofrecía la beca. Felizmente, Pablo asistió a la velada, y le agradezco haber llevado un documento al cual voy a referirme y cuyo meticuloso análisis refuta la pretendida ingenuidad con que Juan se fue de viaje.
Pablo llevó un artículo que sacó de internet sobre turismo quirúrgico, y agregaba mientras yo lo iba leyendo que teníamos que dejar de escribir, que los médicos nos habían superado. En realidad Pablo dijo que la realidad nos había superado, yo agregaría que sostener una hoja A4 impresa con la página virtual de un diario en referencia al marketing turístico-quirúrgico es, en realidad, sujetar las causas de Juan.
El artículo explicaba la decadencia del turismo nacional y que para revertir esto, un grupo de personas –sin que la nota especifique si eran del ministerio de medicina, el de turismo o el de economía new age- resolvió promocionar en el resto del mundo el turismo a nuestro país con combos de paseo por zonas de interés e intervenciones de cirugía plástica.
Juan –el que se iba de viaje- no se expedía al respecto. Pablo y yo, que nos dimos cuenta del sospechoso silencio, le preguntamos sobre su tour. Dijimos “tour” acentuando la continuidad entre la idea anterior acerca de los combos turístico-medicinales y la pregunta sobre el motivo de su viaje, prestando especial atención mientras decíamos “tour” a la prominencia estética superior de la nariz de Juan. Ana, la novia del que se iba de viaje, miraba hacia otro lado, mientras nosotros íbamos diciendo “tour”, a la vez que investigábamos el efecto persecutorio que este ejercicio lingüístico pudiera ocasionar en el viajante y su novia, pero ella, a diferencia de Juan, parecía no tener la energía ética suficiente para tolerar la prolongación temporal de la palabra “tour” unida al modo como Pablo y yo observábamos la nariz de Juan, pensando en los motivos ocultos de su viaje, pero Juan dijo que no hiciéramos deducciones inteligentes sobre el viaje de él, y que termináramos de leer la nota, dando cierre de una vez a la extensión bucal con que todavía estábamos estirando el final de la pronunciación “tour”, como una golosina que saboreábamos de la punta.
Yo le hice una seña a Pablo y él me hizo lo simétrico, como si nuestras bocas fueran instrumentos de orquesta a los que nosotros nos preparáramos a dejar de ejecutar, en atención a la indicación de nuestro director mutuo de que finalizáramos la opereta que le estábamos dando a todos. Dimos cierre a la pronunciación extendida de la palabra “tour”, sabiendo, sin embargo, que el final de nuestra obra no sería aplaudido.
Yo dije que una vez, charlando con el Cri, llegamos a la conclusión empírica de que la elegancia estética de los escotes tiene que ver con que uno hace reposar la visión en el medio de los mismos, en el vértice que se forma entre las partes comprometidas, y que si más arriba de estas había una gran nariz, eso hacía más agradable la sensación de reposo, como si uno supiera que tiene, por las dudas, de dónde agarrarse. Durante la velada lo cité al Cri porque quería hacer notar que a veces las protuberancias corporales es donde se guarda la personalidad, y que cuando veo una mujer que se transforma la nariz a mí me parece que se le rompió la personalidad.
El Cri, en el testimonio titulado “Modas” (Revista ¿Qué pretende usted de mí…?. Córdoba: año III, n° 5. 2007), con motivo de su extrañamiento frente a la cirugía plástica aplicada al campo experimental de los escotes, alerta a los masculinos usuarios acerca de su incorrecto comportamiento, expidiéndose al respecto de un modo enmascarado, cito: “mientras más se miran unas tetas, más grandes se hacen”, fin de la cita, y pasa a demostrar los efectos persecutorios que el crecimiento de las partes ocasionaría en su observador. Quisiera alertar que si bien el análisis del autor está fundado en las rigurosas exploraciones empíricas de que su testimonio da cuenta, oculta el uso turístico de la cirugía plástica, en razón de que el autor ha sido intervenido por la empresa de que me enteré gracias al documento que llevó Pablo. Arriesgo la tesis de que el autor es cómplice o paciente posible de Turismo Quirúrgico, porque su testimonio se orienta a influir en la opinión pública con la finalidad perniciosa de causar espanto en los miradores de tetas, cito: “lo peligroso de los implantes de siliconas es que revienten, pero revienten por sobredosis de miradas”, y más adelante: “me asusta mirar demasiado (…) porque puedo terminar cubierto de vaya uno a saber qué tipo de sustancia gelatinosa”, fin de las citas. Como se ve, lo lógica del relato nos llevaría a pensar que el problema está en el mirador y su práctica voyeurística, no en el objetivo plástico.
Mis tesis se confirmaron cuando en la velada antes mencionada, me enteré que el Cri se iría de viaje a visitar a Juan, con lo cual se producirá el sospechoso encuentro de dos importantes narices, que se habrían ido de –como diríamos con Pablo:- “tour” .
Ahora quiero denunciar que la revista dejó de salir y que sus miembros iniciaron una nueva, según ellos porque cambiaban el “proyecto”, pero siendo que quien me enteró de esto fue Juan, en su viaje de regreso de Brasil, sospeché que había algo por detrás. Ahí me di cuenta que esto se debió al pornográfico testimonio que el Cri enmascaró bajo el ingenuo título “Modas”, que en principio atraería a cierto sector adiestrado en la lectura de revistas frívolas, para luego caer en el horror de la lectura de semejantes digresiones en torno a las tetas. Mi teoría es que esto motivó la ruina de la revista, y ahora, en el siguiente número que, casualmente, muy casualmente, lleva otro nombre, Juan me explicó que no sabe cómo hacer para justificar la negativa del Comité Editorial a publicar otro de los textos del mencionado autor.
Anoche íbamos en auto y el Cri, al mando del volante, dio un eficaz volanteo para entrar en la avenida San Juan, como si el empeño que ponía en manejar con pericia fuera para atenuar el efecto de lo que estaba por comunicar, y cuando terminó de sonar el bocinazo del colectivero para el que no fue tan eficaz el volanteo del pornográfico autor en quien yo delegaba la autoridad del auto, él dijo –en una forma sospechosa de la ingenuidad conversadora-, cito: “ahora se están poniendo de moda los culos”, fin de la cita, y a mí me pareció que estaba sugiriendo que esta vez iba a escribir sobre eso, y que de esta sugerencia yo lo debía enterar a Juan, para que sepa que el autor irá a la redacción de su revista en los próximos días con otro texto que, si mis cálculos son correctos, perjudicará la periodicidad del nuevo proyecto. Y si me veo obligado a conspirar contra el responsable de “Modas” es porque sus calculados boicots literarios afectarían, de ser exitosos, la existencia del único Comité Editorial que ha querido admitir mis textos.